Amaneciendo entre las dunas 🤩.
Después de una noche de mantas que no calentaban lo suficiente, y un manto de estrellas que compensaba el frío, nos volvemos a levantar antes que el sol. Cuando se empieza a ver, el paisaje es increíble. La luna sigue sobre las dunas y se empiezan a dibujar sombras entre ellas. Montamos en los camellos y repetimos el camino de ayer hasta la carretera, donde nos espera el minibús.
Con unos 550 kilómetros por delante, atravesamos de nuevo el terreno baldío que ya conocemos, con pueblos en los que me vuelvo a preguntar de qué vivirá la gente. No he visto nada que se parezca a un polígono industrial, y aunque los más grandes se ven modernizados, en los más pequeños todas las calles están sin pavimentar y pocas casas me parecen recién pintadas. Está claro que cuatro días son muy pocos para entender todo esto.
Poco a poco nos vamos acercando a las Atlas y el paisaje se va encrespado, pero no cambia de color.
Subimos el puerto de Tichka por el lado contrario, siendo por aquí más corto, ya que estos días los hemos pasado en un altiplano, a alrededor de 1 000 m siempre.
Al pasar al otro lado aparece la hierba y cambia el paisaje. Sin embargo, estamos en invierno, los chopos y demás árboles de los barrancos aún están pelados.
Llego de nuevo al caos de la ciudad, con su locura de coches, taxis, motos, bicis, gente, todo revuelto. Todavía es de día, así que me doy una vueltecilla para tomar las últimas fotos.
Al llegar al riad, Asouf me dice que voy a otro y que él me acompaña. Si el primero era una imitación de una lujosa casa particular, este es como un palacio, parece que voy a dormir en el Alcázar de Sevilla 😂.
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