Salimos al amanecer, volviendo otra vez por la Gargantde Dades y disfrutando de nuevo de las vistas de las formaciones rocosas, o mejor que rocas, a mí me parecen barro endurecido. Otra vez los pueblecillos del mismo color de la tierra, con casas colocadas en sitios imposibles.
Poco a poco el paisaje empieza a cambiar y a lo lejos se ven unas dunas, que deben ser gigantescas, pues aún tardamos mucho en llegar. Antes pasamos por Erfoud, la considerada capital mundial de los fósiles, en donde se ven instalaciones de gente picando piedra para venderlos como souvenirs. Al cabo de un rato, ya estamos en las dunas de Erg Chebbi.Esto es lo que normalmente entendemos por desierto: arena y dunas.
Al salir de la garganta, el paisaje se vuelve a convertir en un llano extensísimo, completamente desierto, con la carretera recta y montañas nevadas a lo lejos y en los dos lados.
Así, muchos kilómetros hasta Tinghir, en donde volvemos a adentrarnos en las montañas. Si ayer tocó el río Dades, hoy buscamos el Toudra
La primera parada es el palmeral de Toudra, un frondoso valle con huertos bajo las palmeras.
Como en casi todos pueblos, se ve un barrio de casas de adobe en el que ya no vive apenas nadie, y muchas viviendas modernas.
Seguimos hacia la garganta, y a la entrada paramos en un pueblo en el que visitamos la antigua kasbash y nos meten en un taller de alfombras. Nadie compra.
La montaña se cierra y la carretera pasa junto al río por un estrecho desfiladero con altísimas paredes verticales. Un sitio ideal para los escaladores que están colgados de la piedra.
Volvemos sobre nuestros pasos, de nuevo a Tinghir y a las grandes llanuras. Esto es inmenso y vacío. Rectas infinitas rodeadas de arena, piedras y algunos matorrales.
Cambiamos el autobús por un todo terreno, que nos acerca después de unos kilómetros campo a través al lugar donde nos esperan los camelleros con los que después de una hora de caravana, llegamos finalmente al campamento a pasar la noche. El paisaje es el que se podía esperar, pero deja de sobrecoger. El juego de colores de la arena al anochecer es precioso, y me llama la atención el silencio que se aprecia durante el trayecto. Nos instalamos en las jaimas, y después de cenar nos preparan una fiesta de música tradicional alrededor de una candela.
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