Barcelona
Cuando nacimos, no éramos boomers. Eso vino luego. Entonces, solo éramos o ricos o pobres. Para ser boomer, hay que tener estudios. Un boomer, sin el graduado escolar, no es un boomer, solo es un paria. Quien inventó la palabra boomer no había visto a un paria en su vida, y por eso se le ocurrió que todo el mundo era boomer. Desengañémonos, nadie puede aspirar a la categoría de boomer si, por
lo menos, no tuvo de pequeño un Scalextric. Antes todo esto, tan lleno de palabras raras, como
nerd, boomer y
hipster,
eran campos en las ciudades y en el mar eran hipocampos. Cuando, en vez
de podcasts, todo esto eran solares, desmontes y explanadas, nadie
decía
boomer, y ver un sábado
Los Picapiedra carecía de
subtexto. Eran solo unos dibujos animados, que decían yabadabadú y
cuchicuchi. Y Vilma, ábreme la puerta. Pero, luego, todo se sofisticó.
Por ejemplo, hoy, ver una temporada entera de
Los Simpson
equivale a un título universitario. Antiguamente, no había temporadas,
daban dibujos por la tele y uno se ponía delante y los veía. Y, como
nunca sabía uno cuántos iban a dar, le pedíamos secretamente a los que
mandaban en Televisión que pusieran otros dibujos más del Coyote y del
Correcaminos, o del Pato Lucas. A nadie se le ocurría llamarlos Looney
Tunes o Merrie Melodies. Se decía sencillamente dibujos animados, y
hasta los maestros los llamaban así en el colegio. Hablar normal no era
señal de ser inculto, porque la cultura no se había convertido en
postureo. Caer en el postureo es el epítome del
boomer. Ya nadie
dice epítome. Otra palabra más que los maestros y las maestras nos
enseñaron para nada. Y sin embargo, solo decir epítome nos salva del
postureo.
Boomer no se nace, se va haciendo uno
boomer conforme olvida sus raíces. Ser
boomer es una forma de exilio.
Comentarios
Publicar un comentario